Los reyes y los vascos

El reciente anuncio de Juan Carlos de Borbón de su próxima abdicación del trono que ocupa en España ha traído a los monarcas y las monarquías a la actualidad. Aprovechando tal coyuntura, he pensado en recopilar algunos datos curiosos sobre la institución monárquica en su relación con el País Vasco, o viceversa.

  • “Errege”, el préstamo más antiguo. La palabra vasca para “rey” es “errege”. Proviene directamente del latín; no del nominativo “rex”, sino del acusativo “rege(m)”, que fue la forma propia del latín vulgar y la que dio lugar a todas las variantes en las lenguas romances. En latín esta “ge” se pronunciaba como en castellano “gue”, y muy tempranamente pasó a pronunciarse con una palatal, que en castellano en esta posición acabó evolucionando al sonido “y”. Este cambio parece que se produjo alrededor del siglo V (aunque el proceso pudo durar varios siglos). Bien, pues el euskera debió de tomar esta voz del latín antes o alrededor de esa fecha, dado que mantiene el sonido velar (ocurrió lo mismo con otras voces latinas como “lege”, de “lex”, ley), lo que implica que es uno de los préstamos más antiguos del latín al euskera.
     
  • “Errege” como “aita”. Hace poco, Semevadelalengua comentó una peculiaridad sobre la palabra “casa”: en determinados contextos funcionaba como un nombre propio. Así, se dice “me voy a casa” (igual que “me voy a Bilbao”), mientras que con cualquier otra palabra se usa el artículo (me voy “a la posada”). En una conversación posterior en Twitter, Ricardo de FiloBlogia recordaba que en algunos dialectos del euskera “etxe” (casa) también se usa así, y que en general esta característica peculiar aparece en otras voces “familiares” en euskera, como “aita” (padre) y “ama” (madre), que se usan sin artículo como si fueran nombres propios (cuando hemos visto que los nombres comunes en euskera deben llevarlo casi siempre). Y eso me hizo recordar que existía otra palabra que funcionaba de la misma forma en euskera: “errege”, “rey”, se usa sin artículo (como nombre propio, igual que “ama” o “aita”… pero, atención, sólo cuando se refiere al “rey propio”, al rey que el vasco que habla siente como propio. De lo contrario, “errege” se declina con artículo (“erregea”), como cualquier otra palabra. Así, un vasco podría decir “Errege etorriko da, Ingalaterrako erregeArekin”: el rey (nuestro) vendrá con el rey de Inglaterra (ajeno). Qué reyes sientan hoy unos u otros vascos como “propios” ya es otra discusión, desde luego.
     
  • El rey de Francia es navarro. La monarquía desapareció de Francia en 1870. Los últimos reyes (dejando aparte los emperadores Bonaparte) fueron de la efímera Casa de Orleans, que comenzó en 1830, y llevaban el título de “Rey de los Franceses”. Pero la dinastía que reinó en Francia los dos siglos anteriores (desde 1589) fue la Borbón, y el título oficial de estos reyes era “Rey de Francia y de Navarra”. ¿Y esto? Sencillo: tras las Guerras de Religión del siglo XVI, el trono de Francia recayó en quien ya era monarca de una nación vecina: Enrique III de Navarra. Su religión protestante hizo que su aspiración encontrara muchos obstáculos, hasta que finalmente abrazó el catolicismo, con la famosa frase “París bien vale una misa”, pasando a ser reconocido como Enrique IV de Francia. La Navarra sobre la que gobernaba Enrique era la conocida como “Baja Navarra” o “Merindad de Ultrapuertos”, que fue la parte de Navarra que se pudo mantener independiente tras la invasión de Fernando el Católico en 1512, que incorporó a la Navarra peninsular a Castilla. El Reino de Navarra mantuvo su existencia separada del de Francia hasta su abolición en la Revolución Francesa.
     
    Fernando_El_Catolico_Guernica[1]
  • Los reyes que juraron. El territorio de Vizcaya aparece en la Historia como un condado del Reino de Navarra, hasta que en 1072 Íñigo López “Ezquerra” se “autoinstituye” Señor de Vizcaya, dando lugar así a la denominación del Señorío de Vizcaya. Este Señorío pasó en 1370 al Infante Don Juan de Castilla, luego rey Juan I, y desde entonces se mantuvo asociado a la Corona de Castilla (y después de España). Pero esta asociación no diluyó su personalidad histórica, dado que mantuvo hasta 1874 sus leyes propias (Fueros), aduanas en la frontera con Castilla, etc. Uno de los requisitos de los Señores de Vizcaya, como ya vimos, era el de “jurar y prometer” dichos Fueros “en Guernica, so el árbol”. Los Reyes de Castilla cumplieron este requisito: el dicho Juan I juró los fueros en Guernica en 1371; Enrique III “el Doliente” en 1393; Enrique IV (tras el intervalo de Juan II) en 1457; los Reyes Católicos en 1476; y desde Carlos I, estos Fueros fueron confirmados por escrito, si bien no en persona. Recordemos las palabras de Felipe II: “Decid á los bizcainos que antes me dejara cortar ambas manos que ponerlas en sus nobles libertades”.
     
  • Carlos V, el Rey del Sombrero Colorado. El Rey de quien se conocen (o al menos al que se adscriben) más anécdotas referidas al euskera es, curiosamente, Carlos I, conocido como Carlos V. También en Twitter, Kapittanttan recordaba una de esas anécdotas, recogida por Luis Mitxelena en la importantísima obra Textos Arcaicos Vascos, y citado de aquí:

El emperador Carlos Quinto de gloriosa memoria gustaba de hablar Vascuence, que por tener al confesor, capellán y médico bascongados, como se nota en su lugar, o por curiosidad aprendió algunas palabras; y así de personas fidedignas he sabido, que encontrando en el camino a un arriero de Navarra le preguntó en bascuence:

-Mandazaya, nondic zatoz? Arriero, ¿de dónde venís?
Y respondió:
-Nafarroatic. De Navarra.
Y luego le preguntó más:
-Nafarroan gari asco? ¿En Navarra hay mucho trigo?
Y respondió,.
-Bai, jauna, asco. Sí, señor, mucho.
Concluyó el Emperador diciendo:
-Nafarroan gari asco; batere, batere ez neretaco.
En Navarra mucho trigo, pero nada para mí.

Y otra anécdota habla de un encuentro suyo con unos aldeanos guipuzcoanos:

Q(uand)o el emperador C(arlos) Quinto paso por Guipuzcoa, le salieron dos hidalgos de Sorabila al camino, y dizen q(ue) le dixeron lo siguiente:

Cosc, Erregue, capela gorri.
Achul ona, Sorabilan bost eche;
Bost echeac, bost urre.
Erregue jauna, eguiezu
Alcabalez merchede.

Ola, Rey del sombrero colorado.
Açeos aca. En Sorabila ay cinco casas,
y ellas cinco como cinco oros.
Senor Rey, azeldes
merçed de las alcabalas

Y el Emperador les otorgo la merçed y quedaron libres de pagar alcabalas.

  • Un último punto en tono musical. Existe una dinastía que fue muy querida en el País Vasco peninsular pero que nunca llegó a reinar: los carlistas, surgidos tras la decisión de Fernando VII de derogar la Ley Sálica para poner en el trono a su hija Isabel. El apoyo popular al hermano de Fernando (Carlos Isidro de Borbón, proclamado Rey por los carlistas con el nombre de Carlos V) es general en el País Vasco (y otras zonas), dado el apoyo decidido de estos reyes a las peculiaridades forales de cada territorio (los Fueros). Este conflicto da lugar a tres guerras (las llamadas Guerras Carlistas). A lo largo de los años se siguen produciendo manifestaciones de lealtad a estos reyes por parte de los vascos. Un ejemplo es esta canción, dedicada a Carlos María de Borbón o Carlos VII, y que ha sido publicada recientemente por el acordeonista Joseba Tapia en su disco de canciones carlistas “Eta tira eta tunba“, y cuya letra original en euskera y su traducción al castellano se puede consultar aquí.

Así que terminamos con música:

Viva Karlos Setimo, Doña Margarita,
laster ikusiko dira Tronuan jarrita!

 

Nociones de euskera – 1

Pensando sobre el objetivo de este blog, me ha parecido curioso no haber escrito aún nada sobre el que quizás es el tema vasco que más interés suscita fuera de Euskal Herria, y que también es, curiosamente, el único del que puedo decir que domino un poco: el euskera.

Así que he decidido empezar lo que, con suerte, acabe siendo una serie de posts para dar a los lectores algunas claves para que les sea más fácil entender el funcionamiento del euskera. No se trata de un curso ni nada parecido, ni pretende ser exhaustivo (sería imposible); simplemente quiere ayudar a que quien no esté familiarizado con esta lengua pueda tener algunas nociones sobre ella, y, a la vez, ayudar a que desaparezcan algunos de los mitos que desde hace siglos corren sobre el euskera.

Para que estas nociones puedan tener un uso práctico, me propongo ejemplificarlas, en la medida de lo posible, con elementos que puedan aparecerse a un no hablante de euskera (ni habitante de esa zona) en su vida cotidiana. El caso más típico serán apellidos; otros pueden ser nombres de empresas, eslóganes, etc.

Sin más, ¡comenzamos!

Empezamos sobre los mitos: el euskera es una lengua extremadamente parecida al español. Esto no quiere decir que sea fácilmente comprensible (obviamente no lo es, pero el francés tampoco, y es una lengua hermana del castellano), ni que sus palabras sean similares (aunque muchas lo son, dado que más de la mitad de las palabras vascas actuales son préstamos latinos y romances), sino que su estructura es similar a la de lenguas como el castellano, el inglés, etc; es una lengua marcadamente europea. Si queréis lenguas “diferentes”, id a las semíticas (como el árabe) o las sínicas (como el chino). El euskera emplea sustantivos, verbos y adjetivos, pronombres y conjunciones, cosa que, aunque no lo creáis, no ocurre en todas las lenguas; tiene un “tono” indoeuropeo muy marcado, por los más de 2.000 años de contacto con lenguas de esta rama (aunque en su origen no lo sea); se lee de forma muy similar a como se escribe; etc. Así, con unas pocas ideas (y un diccionario), es muy fácil empezar a interpretar algunos textos sencillos en ella.

Pero hay diferencias, claro. Y hay dos principales, que una vez se entienden son extremadamente clarificadoras.

La primera gran diferencia es el orden de las palabras. Hay cosas que en castellano estamos acostumbrados a verlas en un orden, y que en euskera aparecen en el orden inverso. Un caso típico es el “artículo determinado”, que en castellano es “el/la” en “el perro/la casa” (o en inglés “the”). Esta palabra aparece en castellano siempre antes del nombre al que afecta (“la casa”). En euskera aparece después: es la terminación “-a”: si “etxe” (pronunciado “eche“) es “casa”, “la casa” es “etxea”. Esto no es tan inusual: el rumano, por ejemplo (lengua romance hermana del castellano) hace lo mismo.

Esto nos lleva a la segunda gran diferencia: la unión de las palabras. Hay cosas que en castellano se expresan con palabras separadas, y que en euskera se unen en la misma palabra (como hacen lenguas tan distintas como el latín o el finés). Veíamos en el ejemplo anterior que “la casa” era “etxea”, y no “etxe a”: el artículo (“-a” en singular, “-ak” en plural) va unido a la palabra a la que afecta. “Etxea” es “la casa”, y “etxeak” “las casas”.

Por eso, cuando veais una palabra suelta en euskera que termina en “-a” o en “-ak”, hay muchas probabilidades de que esa “-a” sea la del artículo (a veces hay palabras que sí que terminan originalmente en “-a”, pero bueno, se van aprendiendo). Lo que pasa es que el artículo se usa en euskera mucho más que en castellano. Si alguien te pregunta “¿de qué color es esa casa?”, tú responderás “roja”; pero si lo preguntas en euskera, se responderá “gorria”. La forma habitual de las palabras en euskera cuando van sueltas es con artículo. Así, si ves “gorria”, sabrás que la palabra es “rojo” (o “roja”; no hay distinción de género en estos casos). Y si ves “Los euskaldunak hicieron…” sabrás que la palabra es “euskaldun” (“vasco”), y que “-ak” marca el plural. ¿Has leído alguna vez en un texto deportivo “los txuriurdinak”, para referirse a la Real Sociedad? (“blanquiazules”) Si sabes que “txuri” (recuerda, pronunciado “churi”) significa “blanco”, y “urdin” “azul”, ahora lo comprenderás.

Como has visto, hemos empezado ya a ver adjetivos. Es importante un detalle sobre el orden de los adjetivos. En castellano, los adjetivos pueden ir antes o después del nombre (“la casa roja” y “la roja casa”); aunque tengan matices diferentes, ambas formas son correctas. En inglés sabemos que no es así: el adjetivo siempre tiene que ir antes del nombre. Bien, pues en euskera, el adjetivo siempre tiene que ir después del nombre. Si “berri” es “nuevo”, “(la) casa nueva” será “etxe berria”. Y si lo juntas para hacer un apellido, tendrás el famoso “Etxeberria”.

Y un último comentario. Cuando hay una terminación que afecta a un nombre (en este caso hablamos del artículo “-a”, pero veremos que hay otras), se pega al final del nombre. Pero si este nombre va acompañado de un adjetivo (como en “casa nueva”), dado que el adjetivo, como acabamos de ver, va después, la terminación se pega al último adjetivo. O sea, “la casa nueva” no se dice “*etxea berria”, ni “etxea berri”: se dice “etxe berria“. Si dijéramos “la casa nueva roja”, diriíamos “etxe berri gorria“. La terminación siempre iría, bueno, eso, al final.

Esto sería fácil si “-a” o “-ak” fueran las únicas terminaciones… pero ¡hay más! Bueno, las veremos en un siguiente post.

¿Dudas? ¿Comentarios? ¿Sugerencias?

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¡Santiago y cierra, Euskadi!

La noticia surgió el 3 de diciembre, y dio lugar a ciertas (comprensibles) chanzas: el Gobierno Vasco modificaba el Calendario Laboral y declaraba como día festivo el 25 de julio, el día de Santiago, Patrón de España.

Pero más allá de las bromas, ¿qué había suscitado este cambio? Echemos la mirada hacia atrás.

Euskal Herria, como tal, no ha tenido una fiesta histórica tradicional, como ha podido ser la Diada en tierras catalanas. Para cubrir esa carencia, el PNV instituyó en 1932 el Aberri Eguna (literalmente “Día de la Patria”), tomando como fecha de celebración el Domingo de Resurrección. Se ha sostenido que se escogió esta fecha por tratarse del día en el que Sabino Arana “descubrió” el nacionalismo de la mano de su hermano Luis (“Pero el Domingo de Resurrección de 1882, ¡bendito el día en que conocí a mi patria!”), pero esta explicación no es nada segura, pudiendo estar tras la elección de la fecha simplemente la voluntad de marcar el simbolismo del día (la “resurrección” de la Patria Vasca).

Esta fiesta siempre tuvo un carácter marcadamente nacionalista, aunque el PSOE se sumó a ella en los años 70 (dejó de hacerlo en 1979). Una vez se constituyó la Comunidad Autónoma Vasca, hubo sectores que siguieron echando en falta la existencia de una festividad “neutra” que pudiera celebrarse en dicha comunidad autónoma. Por ello, con la llegada de Patxi López a la lehendakaritza, el Gobierno Vasco decidió dejar de lado las fechas con significación religiosa e instituir una nueva festividad oficial: el 25 de octubre, conmemoración de la firma del Estatuto de Gernika (y del día de la abolición de los Fueros), a la que llamaron “Día del País Vasco“. Esta fecha nació por iniciativa del PP, y con el apoyo del partido en el Gobierno, PSE-PSOE, y UPyD.

Ya en 2011 el PNV avanzó su intención de contemplar su sustitución por una fiesta que gozara de mayor consenso. Y, tras recuperar el Gobierno Vasco en 2012, el 14 de noviembre de 2013, con varios votos de EH Bildu, el PNV derogó la ley que declaraba festivo el 25 de octubre, y comenzó un proceso de dilucidación sobre su posible sustitución.

Se discutieron varias opciones. EH Bildu, por ejemplo, propuso el 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, en la que ya se celebra el Día de Navarra y, sin caracter festivo pero sí con cierta participación institucional, el Día Internacional del Euskera.

Pero finalmente se impuso una opción ligeramente sorprendente: el 25 de julio, Santiago Apóstol, sería el nuevo festivo oficial. Pero no sustituiría al “Día de Euskadi” como fiesta oficial de la Comunidad Autónoma, pues el PNV declaró que hacerlo sin un consenso suficiente sería volver a caer en el mismo error que achacaba a PSOE, PP y UPyD.

¿Y por qué Santiago? No tengo claras las razones por las que se han llegado a esta decisión, pero sí es cierto que no se puede decir que se trate de un día sin tradición en estas tierras. Santiago Apóstol es, por ejemplo, el copatrón de la villa de Bilbao (junto a la Virgen de Begoña), y da su nombre a su Catedral (probablemente por estar situada la villa en el ramal norte del Camino de Santiago). En Vitoria-Gasteiz se trataba también de una fiesta de especial significación, en la que se celebraba desde 1926 el “Día del blusa“, las cuadrillas que amenizan las fiestas patronales que se celebran poco después. El Alcalde de Vitoria, Javier Maroto, del PP, ya había insistido en que se declarara como festivo este día por su tradición en Vitoria. El día de Santiago marcaba también las fiestas patronales de pueblos como Busturia, Ermua, Etxebarria, Gordexola, Gorliz o Zalla (por mencionar sólo pueblos de Bizkaia).

En resumen: no se trata de que el PNV haya decidido sustituir el “Día de Euskadi” por el “Día de España”, sino que se ha escogido, para el año 2014, una festividad de cierto arraigo, pero se ha dejado nuevamente pendiente el debate sobre una fiesta oficial unificada. Quien lo considere necesario tendrá que seguir insistiendo.

El euskera de Burdeos

Julio César, en sus Comentarios a la Guerra de las Galias, hizo una distinción principal al hablar de los pueblos del norte de los Pirineos, el famoso “Galia est omnis divisa in tres partes”: “Toda la Galia se encuentra dividida en tres partes: una de estas la habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que se llaman celtas en su lengua y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian entre sí por la lengua, costumbres y leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos.” Estrabón, en su Geografía, incidía en esta diferencia: “Los aquitanos son completamente diferentes no sólo lingüística sino corporalmente”.

Map_Gallia_Tribes_Towns[1]Parece claro que en el primer siglo de nuestra Era existía un pueblo diferenciado, con una lengua propia, en el triángulo situado entre el río Garona (que nace en Arán y muere en Burdeos, pasando por Toulouse), el oceano Atlántico y los Pirineos. Esta zona fue llamada “Aquitania” por César, y “Novempopulania” después, cuando Diocleciano dio el nombre de “Aquitania” a una zona mayor.

¿Hay forma de saber lo que se hablaba en esa zona, cuál era esa lengua que los diferenciaba del resto de “galos”? Una de las principales formas de llegar a ello es la de analizar las inscripciones romanas de esa época. Las inscripciones aquitanas son relativamente numerosas, están escritas en latín, pero contienen unos 70 nombres de divinidades y 400 nombres de personas (los difuntos, sus padres, o las personas que dedican las inscripciones). Y la mayor curiosidad es que un número elevado de estos nombres son perfectamente reconocibles como euskera antiguo.

Hay raíces como ANDERE (actual “andere”, “mujer”), CISON (“gizon”, “hombre”), NESCATO (“neskato”, “niña”), UMME (“ume”, “bebé”), SEMBE (“seme”, “hijo”), HARS (“hartz”, “oso”), ASTO (“asto”, “burro”), SESEN (“zezen”, “toro”), GORRI (“gorri”, “rojo”), SAHAR (“zahar”, “viejo”), BERRI (“berri”, “nuevo”), ILUN (“ilun”, “oscuro”), entre bastantes otros (una lista mayor aquí). El género de estos nombres, cuando se puede deducir de la inscripción, coincide con el que esperaríamos por el euskera: NESCATO o ANDERE son nombres femeninos, CISON o SEMBE son masculinos, etc.

Estas inscripciones parecen indicar que, efectivamente, en el siglo I el territorio del euskera llegaba hasta Burdeos y Toulouse (aunque el mapa de las inscripciones localizadas actualmente no llega hasta la propia ribera del Garona, quedándose algo en el interior). Pero ¿existen otros indicios?

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Mapa de la interesante página Basque Medieval History

Sigamos con la historia de este territorio. La Aquitania de César (Novempopulania de Diocleciano), tras pasar a ser controlada por los francos y lidiar con los visigodos durante un tiempo, reaparece en los mapas sobre el año 600 con un Ducado otorgado por los francos, y su nombre es Ducado de Vasconia. De esta “Vasconia” surge el nombre actual de la región de “Gascuña” (todo ello en el mismo territorio).

Y hoy en día quedan ya pocos trazos de todo ello. Por supuesto, en el extremo suroeste hay tres pequeñas zonas donde se ha mantenido el euskera aún hoy: Lapurdi/Labourt (con capital histórica en Hasparne, y actualmente en Bayona), Zuberoa/Soule (con capital en Maule), y la merindad de la Baja Navarra, que se quedó fuera de Castilla cuando la anexión de 1512. En el resto de Gascuña quedan pocos rastros en la toponimia. Uno de los más destacables son los topónimos en -òs. El caso típico es Biscarrosse (en las Landas, cerca de Arcachon), que tiene un paralelo exacto en el pirineo aragonés, Biscarrués, proviniendo ambas de “Bizkarrotz”, probablemente de “bizkar”, “ladera”, y, aunque la segunda parte ha sido relacionada con “hotz”, “frío”; parece más bien provenir del sufijo aquitano -OSSU.

Pero existe un testigo mucho más importante. Hoy en día, en todo el territorio de la Gascuña se habla una lengua llamada “gascón”, relacionada con las lenguas de oc (provenzal, languedociano, etc), pero que presenta grandes diferencias con ellas, diferencias que en gran medida se pueden trazar a un substrato vasco (como ya describió mi amigo Asier en nuestro blog FilóbLogos). Aunque se dice que el castellano es “el latín hablado por vascos”, hoy en día no se ve tan clara esta influencia; el verdadero “latín hablado por vascones” es, precisamente, el gascón.

510px-CarteLimitesGascogne[1]¿Y qué pasaba en el siglo I al sur de los Pirineos? Esta es otra interesante discusión; baste por ahora decir que sólo se ha descubierto una inscripción similar a las aquitanas, en Lerga (Navarra). Pero de esto podremos hablar otro día.

Termino con un par de notas. Sí, el título del artículo es sensacionalista :) Las inscripciones, y las configuraciones territoriales posteriores, parecen indicar que Burdeos no llegaba a ser parte de la zona aquitana (con Toulouse hay más dudas). Pero no se puede descartar que no lo fuera en un momento previo. Y, por supuesto, saber qué ocurría en toda esa zona antes de la llegada de los celtas está muy lejos de nuestras posibilidades.

Y la segunda nota: saber la extensión máxima del euskera nunca ha tenido la más mínima influencia en la reivindicación territorial del nacionalismo vasco (salvo alguna rara excepción). Los territorios que se identifican como propios son aquellos que, en su territorio actual, mantienen hablantes nativos de euskera. Por eso nunca se han llegado a reivindicar seriamente ni la Rioja, ni el norte de Burgos, ni la Gascuña; sólo las siete provincias en las que hoy en día, poco o mucho, aún se habla euskera.

Para más sobre el tema de las formas antiguas de euskera y sus posibles parientes, la referencia principal aún hoy es El euskera arcaico. Extensión y parentescos, de Luis Núñez Astrain, un libro muy serio y documentado y que recomiendo para profundizar en esta cuestión.

El hombre que creó todos los nombres

Me encantaría saber si existe un fenómeno similar en la historia, la verdad. En el año 2000, de los 25 nombres de pila masculinos más empleados entre los ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca, el 40% habían sido inventados por una única persona, cien años atrás.

Muchos conocen el caso. Hasta el siglo XX, los vascos, como cualquier otro pueblo de alrededor, escogían los nombres de sus hijos basándose en dos criterios principales: nombres ya presentes en su árbol familiar, y nombres del santoral cristiano, en sus versiones tradicionales en euskera en un primer momento, y en la forma castellana después. Hay un buen artículo de Jose Mª Satrustegi, disponible en versión trilingüe en la página de Euskaltzaindia: Historia de los nombres de persona, que da detalles y ejemplos históricos de estas tendencias.

ImagenPero todo cambió en 1897. Sabino Arana, el padre del nacionalismo vasco, buscaba una forma de que los vascos pudieran seguir teniendo nombres “cristianos” sin tener que emplear las formas castellanas. Podía haber hecho entonces un estudio filológico y haber recuperado las formas vascas tradicionales de dichos nombres, pero detectó un problema: esas formas tradicionales muchas veces eran adaptaciones fonéticas de las formas latinorromances, y, en su afán de purismo para con la lengua, no podía aceptarlo.

De manera que en dicho año 1897 publicó su “Egutegi Bizkattarra” (“Calendario Vizcaino”), que fue completado en 1910 por Luis de Eleizalde, llamándolo “Deun-Ixendegi Euzkotarra” (“Santoral Vasco”). Y propuso para la práctica totalidad de nombres de santos versiones inventadas por él siguiendo un criterio específico: acudir no a la forma romance del nombre sino a la raíz de dicho nombre en su (supuesto) idioma original, y una vez encontrada ésta, aplicarle una serie de reglas fonéticas dudosas para “vasquizarlo”; por último, dada su opinión de que los nombres vascos de varón debían acabar en –a y los de mujer en –e (por una teoría presente en el siglo anterior de que eran éstos los primeros sonidos que niños y niñas aprendían a pronunciar), modificó así la terminación de muchos de ellos.

La polémica que causó dicho nomenclátor la describe bien Henrike Knörr aquí. El mismo Arana no tuvo confianza en que sus nombres fueran aceptados. Pero ya hemos dado el dato del año 2000; el artículo sobre Sabino Arana de la Wikipedia menciona un estudio según el que ya en 1935 en determinadas zonas la incidencia de estos nombres era del 24%; y hoy en día siguen estando muy presentes.

Comentaré pues aquí el origen de varios de los “nombres sabinianos” más usados actualmente.

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  • JOSU (es de justicia empezar con mi propio nombre). Equivale a “Jesús”. Arana y Eleizalde lo trazaron a “Jheossuang”, y aplicaron la monoptongación de “eo” en “o” y de “ua” en “u”; curiosamente, aquí no mantuvieron la terminación en –a.
  • KOLDO. Forma acortada de la propuesta por Arana y Eleizalde “Koldobika”. Equivaler a “Luis”. Trazaron su origen en “Hlodovick” (evolucionó en romance por medio de “Ludovicus”). Asumieron que la “h” correspondía a una prounciación “k”, disolvieron la secuencia de muta cum liquida “kl” con una vocal epentética, y modificaron la terminación a –a.
  • KEPA. Equivale a “Pedro”. Este nombre fue en su origen un pseudónimo dado por Jesús de Nazaret a su discípulo Simón, y significa “piedra”; pero en las primeras versiones de la Biblia no se usaba la forma latina sino la aramea, “Cephas” (pronunciado “Kefas”). Arana y Eleizalde tomaron esta forma, asumieron el cambio de grafía y la sustitución (relativamente habitual) de F>P y eliminaron la última consonante.
  • JOSEBA. Equivale a “José”. Arana y Eleizalde trazaron su origen en “Joseph”; sustituyeron en este caso PH>B (en vez de por P, como en otros nombres) y añadieron la –a final.
  • GORKA. Equivale a “Jorge”. Arana y Eleizalde buscaron su origen en “Georges” (con las dos “g” oclusivas), monoptongaron “eo” en “o”, cambiaron la segunda “g” por “k” y modificaron la terminación.
  • Otros nombres: Jon (equivale a “Juan”, proviene de “Ioannes”); Ander (equivale a “Andrés”,  proviene de “Andreas”); Julen (equivale a “Julián”, proviene de “Iuliannus”); Markel (equivale a “Marcelo”, proviene de “Marcellus”); Andoni (equivale a “Antonio”, proviene de “Antonius”); Imanol (equivale a “Manuel”, proviene de “Emmanuel”), etc.

Una nota adicional: otros de los nombres de su Nomenclátor no fueron creados por adaptación fonética de nombres anteriores, sino por la traducción literal (y muchas veces muy poco atinada) del significado del nombre equivalente. Esto dio lugar a nombres como Gaizka, equivalente a “Salvador”, por medio de un supuesto verbo “gaizkatu”, neologismo inventado por Arana para “salvar” (de “gaitz-“, “mal”), Unai (“pastor”, empleado por los autores como forma vasca de “Buen Pastor”) o Iker, forma masculina del femenino Ikerne, equivalente a “Visitación”, de la forma antigua “ikertu”, “visitar”.

Hago notar también que en los nombres femeninos, las variantes “sabinianas” tuvieron mucha menos aceptación: en la lista de 25 más populares del año 2000 sólo aparecen Ane (equivalente a “Ana”) y Jone (“Juana”).

Y una última nota: si bien el 40% de los nombres masculinos del año 2000 tenían este origen, en el otro 60% tenemos irreprochables nombres de origen medieval o anterior (Mikel, Íñigo/Eneko, Xabier/Javier, Oier, Beñat), nombres castellanos (como Adrián, Pablo, Álvaro o David), traducciones modernas (Ibai, “río”)… y sí, otros nombres también creados de la nada, pero por otros autores anteriores, como el caso de Asier y Aitor, de los que se podrá hablar otro día.

Para quien quiera leer el Deun-Ixendegi en su versión original, aquí tiene un facsímil: Deun-Ixendegi Euzkotarra.

Los once meses en que los vascos gobernamos España

El debate interno en el Partido Socialista sobre la necesidad de un cambio de líderes de cara a las próximas elecciones generales ha hecho surgir una posibilidad curiosa: la de que un vasco vuelva a gobernar España. Dos de los candidatos que llevan un tiempo sonando con fuerza para alzarse con el liderazgo del partido, y que serían Presidentes de Gobierno en caso de que el PSOE obtuviera una mayoría suficiente, son Patxi López (antiguo lehendakari del Gobierno Vasco) y Eduardo Madina, actualmente secretario general del grupo parlamentario en el Congreso. Y si esto ocurriera, nos encontraríamos ante una situación que ha ocurrido en contadas ocasiones en la historia de España.

De hecho ¿había ocurrido alguna vez? Por más que echara la vista (o la memoria) atrás, no recordaba ningún Presidente de Gobierno vasco (ni incluyendo navarros) en toda nuestra historia reciente. Así que decidí investigarlo. Fue sencillo: la Wikipedia tiene una magnífica página llamada “Presidente del Consejo de Ministros de España”  (que ha sido el nombre oficial del cargo de Presidente de Gobierno hasta la Constitución actual, con el solo paréntesis de la Dictadura franquista). En esta página encontramos listadas con todo detalle todas las personas que han sido cabeza del Poder Ejecutivo en España desde 1833.

Así que me puse a localizar en ella a los Presidentes que hubieran nacido en alguna de las actuales provincias de Vizcaya, Álava, Guipúzcoa y Navarra. Éste es el resultado.

Es sabido que ninguno de los Presidentes que ha habido desde el franquismo han sido vascos (ha habido un gallego, un andaluz, dos castellanos y dos madrileños). Durante el franquismo hubo varias figuras análogas a la del Presidente del Consejo de Ministros, pero ninguna de las personas que ocuparon esos cargos fueron tampoco vascos. Tampoco hubo más suerte en el gobierno republicano en el exilio, de hecho. La Segunda República no contó tampoco con ningún Presidente de estas provincias.  Pero alrededor de 1920 encontramos por fin al primero.

ImagenManuel Allendesalazar y Muñoz de Salazar nació en Guernica en 1856. Su apellido denota su abolengo (fue el IV Conde de Montefuerte); pero antes de comenzar su carrera política se licenció como ingeniero agrónomo. Militó en el Partido Liberal-Conservador, y durante varias décadas ejerció primero como diputado y luego como ministro (llegando a ser incluso alcalde de Madrid). Finalmente el rey Alfonso XIII le encargó presidir el Gobierno durante un periodo corto: del 12 de diciembre de 1919 al 5 de mayo de 1920 (sí, del 12/12 al 5/5): 4 meses y 24 días. Pero ocurrió que su sucesor, Eduardo Dato, fue asesinado, con lo que tuvo que ocupar nuevamente el cargo el 13 de marzo de 1921, perdiéndolo definitivamente durante el Desastre de Annual el 14 de agosto: 5 meses y 2 días. En total, este guerniqués gobernó España durante 9 meses y 26 días.

No encontramos ningún otro Presidente vasco durante el reinado de Alfonso XIII, ni durante la Regencia de María Cristina, ni durante Alfonso XII (también es verdad que si no te llamabas Cánovas o Sagasta era muy difícil que llegaras a Presidente). No hay tampoco suerte en la Primera República, ni con Amadeo de Saboya (y ya estamos llegando a mediados del siglo XIX). Pero finalmente recordamos a un conocido político navarro que llegó a gobernar España durante el Gobierno Provisional que siguió al destronamiento de Isabel II.

Pascual Madoz, nacido en Pamplona en 1806, fue nombrado Presidente de la Junta Provisional Revolucionaria el 30 de septiembre de 1868. Pero es cierto que su labor de gobierno tampoco fue especialmente fructuosa: sus divergencias con el resto de dirigentes del Gobierno Provisional le hicieron abandonar el cargo el 3 de octubre… sí, 4 días después. Así que Madoz gobernó España durante 4 días. ¿De dónde le viene su fama entonces? De dos cosas: la Desamortización de Madoz, que aprobó cuando era Ministro de Hacienda, y el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España, una importante obra que publicó en 1850. Pero sí, no aportó demasiado que digamos a la gobernación de España como Presidente.

Así que hay que continuar. Y nos fijamos ahora en el reinado de Isabel II. Y sí, durante estos años sí que tenemos dos aportaciones más a nuestro por ahora escaso listado: el tafallés Florencio García Goyena, y el oyonés Salustiano Olózaga.

Florencio García Goyena nació en Tafalla en 1783. Como jurista escribió varias obras sobre los Códigos criminal y civil de la época, y de hecho fue uno de los principales responsables de la redacción del Código Civil de 1851. Pero no tuvo la misma relevancia como Presidente: fue nombrado el 12 de septiembre de 1847, y duró en el cargo 22 días, tiempo en el que intentó pacificar la política española, lo que no gustó a Narváez, que maniobró para hacerle perder el poder. Hombre de vida muy interesante, pero nuevamente, de vida presidencial breve.

Salustiano Olózaga, por su parte, nació en la localidad alavesa de Oyón en 1805 (aunque residió en Madrid desde los 14 años). Participó en varias de las conspiraciones liberales de la época, y llegó a ser preceptor de la reina Isabel II (y, se rumorea, también su primer amante). Ésta, recién cumplida la mayoría de edad, le nombra Presidente el 20 de noviembre de 1843. Pero -¿alguien se sorprende?- el Notario Mayor del Reino, Luis González Bravo, le acusa de haber obtenido ese nombramiento violentando la voluntad y la persona de la Reina, con lo que, tras varios días tumultuosos, Olózaga decide huir a Francia el 29 de noviembre. Una vez más, un Presidente vasco había gobernado España durante 9 días.

Pero poco antes, durante la Regencia de Espartero, habíamos tenido nuestro último Presidente guipuzcoano.

Joaquín María Ferrer y Cafranga nació en 1777 en la localidad marinera de Pasajes de San Pedro. Fue militar en el Perú, diputado durante el Trienio Liberal, Ministro de Hacienda un solo día (ya sabíamos que la volatilidad en los cargos era habitual, pero esto parece demasiado), y el 10 de mayo de 1841 fue nombrado Presidente, ya con Espartero como regente. ¿Cuánto duró en el cargo? Pues más o menos lo de siempre: 10 días, hasta el 20 de mayo del mismo año. Desde entonces ejerció como senador vitalicio, puesto que no abandonó hasta su muerte en el año 1861.

Y uno más, finalmente, en la Regencia de María Cristina: el Géneral Álava. Sí, parece como el Capitán América en autóctono, pero es que se llamaba Miguel Ricardo de Álava y Esquível. Nació en Vitoria en 1772. Participó como militar en las batallas de Trafalgar y de Waterloo (se dice que es la única persona que participó en ambas). En la Guerra de la Independencia apoyó al bando patriota, pero no sin muchos titubeos. Apoyó la destitución de Fernando VII; y su Presidencia fue, no sólo breve, sino además simbólica: fue Presidente del 14 al 25 de septiembre de 1835, pero en realidad nunca llegó a aceptar el cargo, permaneciendo en Londres como embajador durante todo este tiempo. Aún así, como nuestras cifras no nos permiten desechar ni un solo día, incluiremos también este periodo en este listado: 11 días.

Así que recapitulemos. Éstos han sido los Presidentes de Gobierno de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra que ha tenido España desde la muerte de Fernando VII y el fin del Antiguo Régimen:

Manuel Allendesalazar y Muñoz de Salazar

Entre 1919 y 1921

9 meses y dos días
Pascual Madoz

1868

4 días
Florencio García Goyena

1847

22 días
Salustiano Olózaga

1843

9 días
Joaquín María Ferrer y Cafranga

1841

10 días
Miguel Ricardo de Álava y Esquível

1835

11 días

Total de tiempo en que un vasco-navarro ha gobernado España: diez meses y veintisiete días. Y eso porque Allendesalazar rompe bastante la media, vaya.

Pero conste que no pretendo extraer ninguna conclusión de todo esto, ¿eh? Simplemente me ha parecido un conjunto de datos curioso, y una simpática mirada a nuestra historia cercana. Cualquiera de estos personajes, a pesar de sus cortas carreras presidenciales, han tenido vidas interesantísimas y en las que merece la pena profundizar. Pero ya es mucho por hoy.

La izquierda vasca: ¿hacia el eje PSE-Bildu?

Hace unos meses escribía sobre cómo el sistema de partidos vascos estaba, en mi opinión, en vías de simplificarse hacia un esquema cuatripartito sobre los ejes izquierda-derecha y nacionalismo-no nacionalismo. Las elecciones del 21 de octubre confirmaron, al menos por ahora, esta evolución, dejando sólo en el Parlamento Vasco a PNV, PP, PSE y EH Bildu (con la única excepción de UPyD, a mi entender, causada por el efecto distorsionador que aún supone que ETA no haya terminado de disolverse).

Una de las conclusiones que sacaba era que “una vez pase el tiempo suficiente para borrar los efectos electorales de ETA, veremos más opciones de pactos que las que hemos visto hasta ahora”, siendo una de las más claras la opción PSE-EH Bildu. De no haber sido por ETA, esto hubiera podido ocurrir hace mucho: a fin de cuentas un eje similar es el que trajo el “Tripartit” en Catalunya (coalición PSC-ERC-Iniciativa) en los 2000. Pero, obviamente, el PSE no podía tener una relación política normalizada con el partido que, cuando Fernando Buesa fue asesinado, su valoración fue que “sólo puede entenderse desde un sentimiento de fracaso colectivo” apelando a la “responsabilidad política de todos”.

Sin embargo, tres años después de los últimos asesinatos de ETA, tras la declaración de alto el fuego permanente de 2011, y la revocación por el Tribunal Constitucional de la ilegalización de Bildu, parecía que era cuestión de tiempo que la relación e incluso el trabajo en común entre los dos grandes partidos vascos de izquierdas comenzara a ser posible. Entendíamos, eso sí, que para que tal cosa pudiera ocurrir debería pasar un mínimo de una década, aparte de otras circunstancias como el desarme y disolución final de ETA, que aún no han ocurrido.

No obstante, en las últimas semanas ha habido varios movimientos que parecerían apuntar a una aceleración de este proceso. En concreto:

  • El 19 de diciembre, el PSE pactó con Bildu los Presupuestos Generales de Gipuzkoa (donde Bildu es la fuerza mayoritaria), declarando que había que “tender puentes” y “recuperar el diálogo”. La portavoz del PSE en las Juntas de Gipuzkoa fue más explícita: “el entendimiento entre partidos de izquierda es inevitable”, a pesar del “pasado doloroso y tormentoso” que existe entre ellos.
  • El 30 de diciembre, Idoia Mendía admitió que el PSE acordaría muchas cosas con Bildu, dado que compartían “visiones desde la izquierda”.
  • El 2 de enero, el secretario general del PSE en Álava defendió llegar a acuerdos con EH Bildu en vez de volver a “pactos indebidos con la derecha” (haciendo referencia al pacto con el que el PSE dio la diputación de Álava al PP; sí aprobó, sin embargo, el pacto con el PP que dio el puesto de lehendakari a Patxi López). Justificó su actitud aludiendo al “final de ETA como acontecimiento que cambiaría de raíz la política de pactos”.
  • El 10 de enero, el portavoz del PSE en el Ayuntamiento de San Sebastián apreció “voluntad de negociar los presupuestos” en Bildu.

En resumen, a pesar de que muchos de estos movimientos puedan entenderse como una forma de presionar al PNV y su Gobierno Vasco monocolor, el resultado puede ser que se acelere el acercamiento entre ambos partidos. Si un pacto global PSE-Bildu parecía imposible hasta dentro de varias legislaturas, quizás deje de parecerlo antes de lo que ahora creemos.

(Eso sí: el PSE no está siendo el único en ese camino. El presidente del PP de Gipuzkoa, Borja Semper, ha dicho hace poco en la revista JotDown que “El futuro de Euskadi se debe construir también con Bildu”, que “Bildu no es ETA”, mientras que Javier Maroto, alcalde de Vitoria por el mismo partido, ha apoyado llegar a “acuerdos en otros foros” con Bildu; siendo contestado duramente, eso sí, por Basagoiti)