Casa Blanca de Navarra

La primera piedra de la Casa Blanca la puso un navarro.

Dicha así, esta frase parece estar esperando la continuación de un chiste, ¿verdad? Pues no, no lo esperéis. La frase es estricta y literalmente cierta. Y tampoco es que contenga una enseñanza o una moraleja de ningún tipo: lo que sí encierra es una de esas bonitas historias que quedan ocultas o cuasiocultas en los grandes libros, y que de vez en cuando conviene rescatar.

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El chico se llamaba Pedro. La cuestión de su apellido ya es más complicada: en Estados Unidos se le conoce sobre todo como Casanave (y Peter de nombre), en España suele pensarse que la forma original del apellido era Casanova, pero por otras variantes que aparecen en la documentación del momento, yo me inclino a pensar que se trataba de Casenave o Cazenave, apellido de origen bearnés.

Quizás la única información sobre su origen que se sostiene con seguridad es que era de Navarra, sin que se haya podido precisar más… aunque indagando un poco, hay un dato curioso. En varias webs de etimología datan su nacimiento en “Navarreaux”. Este lugar no existe, pero sí uno muy parecido: Navarrenx, que está en el Béarn, cerca de la frontera con Zuberoa. Un dato interesante, pero como no explican de dónde lo han sacado, poco concluyente.

Sí parece que era sobrino de Juan de Miralles, un importante comerciante (también de esclavos) afincado en Cuba, que fue escogido por Carlos III en 1778 como el observador y representante de la Corona española en los nacientes Estados Unidos de América. A raíz de su trabajo como lo que hoy diríamos “enlace diplomático”, se cimentó una gran amistad entre él y el mismo George Washington, lo que probablemente ayudó a que su sobrino pudiera establecerse allí con mayor facilidad. Miralles nació en Petrer, por cierto, pero sus abuelos eran bearneses por las dos ramas (otra conexión bearnesa).

Parece que Pedro Casenave (volvamos a él) nació alrededor de 1763; no es un dato seguro, pero se dice que tenía unos treinta y tres años cuando murió en 1796. Se dice también que era el decimotercer hijo de un abogado y comerciante navarro, y ya se sabe: los hijos que no fueran el primogénito debían irse a Madrid, a la Iglesia o a la mar. Y Pedro optó por esto último. Desembarcó en los recientes Estados Unidos en 1785 (con 22 años, más o menos) y con 200 dólares en el bolsillo y chapurreando inglés.

Puso en marcha con ese dinero una tienda de importación de aceite, jamón y otros productos españoles (¡lo que vendría a ser un “ultramarinos” a la inversa!). Montó después una especie de “sala de baile nocturna para caballeros que no tienen tiempo durante el día” (¡!), y ya en 1790 se hizo agente inmobiliario, empezando a comprar y vender terrenos en lo que entonces se llamaba Georgetown (que había sido fundada no mucho antes, en 1751) y después sería parte de Washington DC.

También en 1790, Pedro se hizo “sponsor” de la primera Universidad católica de los Estados Unidos, Georgetown College. Administraba los fondos de sus alumnos, y llegó a ayudar de su propio bolsillo a estudiantes con problemas económicos. En 1791 casó con una joven católica llamada Ann Nancy Young, hija de un prominente empresario de la ciudad; y en algún momento de estos años pasó a formar parte de la Francmasonería americana, de cuya Logia nº 9 llegó a ser Maestro.

Mientras tanto pasaban cosas en la capital de los Estados Unidos, Filadelfia. El motín de un regimiento (que se atrincheró en la sede del Congreso exigiendo que se les pagara lo que se les prometió durante la Guerra) llevó al Congreso a abandonar la ciudad. Desde entonces se fue buscando un nuevo lugar para afincar la capital de la nueva nación. El debate era agrio: los estados norteños (representados por el Partido Federalista) querían que la capital fuera una de las grandes ciudades del norte; los sureños, por su parte, con el Partido Republicano, querían que no estuviera en ninguna ciudad y que se hallara en territorio del sur. Tal y como se cuenta en el musical “Hamilton”, finalmente se impuso la opinión de los sureños Jefferson y Madison, tras aceptar ellos a cambio el plan del federalista Hamilton de crear una banca central que financiara la deuda de los estados.

El lugar que se escogió fueron las orillas del río Potomac, entre Virginia y Maryland. Se creó un Distrito que albergaría la nueva ciudad (porque quería evitarse que la capital perteneciera a un estado concreto), y ese Distrito (Distrito de Columbia, que es lo que significan las siglas DC) contendría un par de ciudades ya existentes: Alexandria y Georgetown.

El propio Washington escogió el lugar para la erección de la “Casa Presidencial” (no se le empezó a llamar “Casa Blanca” hasta 100 años después), aunque él mismo no llegó a habitarla, siendo su sucesor John Adams su primer habitante (como se ve en una maravillosa escena de la miniserie John Adams, de HBO).

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(Interpretación de un artista desconocido sobre la construcción de la Casa Blanca. Smithsonian Institute)

En 1792 todo estaba preparado para comenzar la construcción, y el encargado de dirigir la construcción fue… efectivamente: Pedro Casenave, el navarro que entonces tendría unos 30 años, de gran reputación en su ciudad, Maestro de la Logia número 9, y sobrino del gran amigo de Washington.

Y así ocurrió. Los obreros (una buena parte esclavos, como ha recordado Michelle Obama recientemente) cavaron un primer hoyo, y Pedro colocó en él la primera piedra de los cimientos, además de una placa que decía “Esta primera piedra de la Casa Presidencial se colocó el día 12 de octubre 1792, y en el 17 º año de la Independencia de los Estados Unidos de América” (sí, la Casa Blanca se comenzó a construir el día del Descubrimiento de América por Colón. En el Distrito de Columbia, recordemos). Después, con gran solemnidad, enterró la piedra con unas paletadas de arena, y probablemente volvieron a “The Fountain Inn”, la taberna de Georgetown donde habían estado celebrando el evento ese mismo día.

La carrera de Pedro Casenave alcanzó su punto culminante el año siguiente (1793), cuando escogido alcalde de Georgetown (el quinto que ocupó el puesto desde la fundación de la ciudad). Lamentablemente, murió muy joven poco después, en 1796. Su hijo Peter llegó a estudiar en la misma Universidad a la que él había ayudado.

Y así son las cosas. Una historia curiosa, que cuenta cómo un navarro acabó siendo el protagonista de uno de los eventos más importantes de la historia de los Estados Unidos. Intrahistoria en toda su plenitud y en toda su belleza.

(para más datos interesantes sobre la ceremonia y la fuerte relación de los organizadores con la francmasonería, hay un buen artículo aquí)

(y se han escrito libros incluso sobre dónde está ahora la piedra, qué decía REALMENTE la placa que la acompañaba, y qué enigmáticos misterios ocultaron los francmasones en ella. ¡Apasionante!)

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